Trabajo infantil y adolescente familiar. Análisis VII Censo Agropecuario 2007. Consultoría ODEPA.

El 13% de los jóvenes y niños/as reportados en el censo realizan actividades en la agricultura familiar chilena. De ese conjunto, el 87% lo hace de modo temporal y sólo el 12% de modo permanente. Se observa la reducción, por tanto, casi al mínimo estadístico perceptible de lo que llamamos trabajo permanente y al mismo tiempo una persistencia del trabajo temporal. Esto puede explicarse por dos procesos paralelos ocurridos en el mismo lapso en el contexto social de los niños/as y jóvenes agrarios: la reducción de la indigencia y la pobreza, así como la expansión de la escolaridad – hasta hacerse obligatoria en sus 12 años de colegio en la actualidad- Son estos los diez años en que la pobreza rural fue reducida sustancialmente, lo mismo que la brecha en escolaridad que discriminaba a la población rural. En el mismo sentido, cabe hablar de un trabajo agrario juvenil de nuevo cuño: ni acuciado por la necesidad (indigencia, pobreza) ni excluyente del sistema escolar. Es la década, puede decirse, en que el trabajo infantil y juvenil, en su modo inhabilitante para la integración social plena, ha sido reducido a una expresión excepcional. En cambio, reaparece una forma de trabajo juvenil que se presenta acoplado tanto al colegio como a las “nuevas necesidades”.Con todo, el trabajo infantil y juvenil agrario se correlaciona con la escolaridad, de modo negativo, aunque no de forma determinante o decisiva. Así, hay una escolaridad menor en los jóvenes que trabajan respecto a sus cohortes -el trabajo juvenil u opcional, para financiarse no implica necesariamente deserción. Igualmente, puede establecerse una correlación con la escolaridad de los productores. A menor educación de estos, en particular, puede identificarse mayores probabilidades de trabajo familiar permanente. Se configura así el carácter denso, aunque marginal, de la forma de trabajo permanente: son los menos, en condiciones más exigidas. En la forma de trabajo temporal, en cambio, no se aprecia esta correlación. No son discernibles correlaciones fuertes, ni en magnitud ni en modalidad, con género (algo de predominio masculino) ni con parentesco con el productor, ni aún con el tamaño (físico) de la propiedad. Si es observable, intensamente, una territorialización del dato. Así ocurre que el promedio general ya indicado uniforma realidades muy distintas: según macrozonas y según provincias.